Carlos Aguilar del Carpio

Docente de Ciencias de la Comunicación en la Unsa

La política siempre exige una fuerte dosis de realismo y responsabilidad, ello muchas veces se expresa en actuar con cautela y madurez, pero en otras se ha traducido en no actuar, ni intervenir para lograr cambios y solo administrar el “status quo”. Algunos le llaman a eso la “realpolitik” o “la política como el arte de lo posible”. Lamentablemente el realismo ha sido el pretexto para hacer gobiernos de tipo conservador que anulan la capacidad transformadora de la política.

Es la visión progresista y transformadora de la política la que se expresa “en hacer posible lo que hoy parece imposible”. Esta política entiende que no es necesario resignarse a lo establecido y que —reconociendo la realidad— busca crear las condiciones para transformarla.

La reflexión de los párrafos anteriores obedece a uno de los principales desafíos del futuro gobierno de Pedro Castillo; acerca de cómo puede cumplir el compromiso de transformaciones profundas hecho a la ciudadanía sin que esto signifique ingobernabilidad e inestabilidad económica. Gestos políticos como el solicitar la permanencia de Julio Velarde al frente del BCR van en la dirección de buscar estabilidad económica y reducir los temores de los mercados. Se puede concluir —a partir de este hecho— que Castillo hizo un guiño al poder económico y que será la gradualidad lo que primará en los cambios que se pretenden implementar.

Es necesario recordar que Pedro Castillo no cuenta con mayoría parlamentaria y tiene en frente a una oposición claramente antidemocrática, que hasta ahora trata de desconocer el resultado electoral, anular las elecciones o, simple y llanamente, busca un golpe de Estado. Frente a esa oposición tendrá que construir mayorías políticas y sociales, no solo en la calle sino también en las instituciones como el parlamento, ello involucra una política de alianzas más allá de la propia izquierda. La estabilidad política será fundamental, de lo contrario tendremos intentos de vacancia y bloqueo sistemático de las iniciativas del futuro poder ejecutivo en el próximo Congreso de la República.

Pero la política de alianzas no significa que todos vendrán tras Pedro Castillo sin dudas sin murmuraciones. En política difícilmente “se hacen regalos”. Para sellar alianzas se tendrán que hacer negociaciones y concesiones. Ello involucra ceder en algunas propuestas iniciales e incorporar demandas de los aliados. Está en la habilidad del nuevo gobierno el armonizar la voluntad de cambio, que se ha expresado durante la campaña, con las exigencias y compromisos que exigen las alianzas. La política es también la construcción de mayorías, acuerdos y consensos, pero estos deben ser para lograr los cambios, no para mantener o profundizar lo que tanto se criticó en campaña.

Dicho lo anterior es que podemos recordar el gobierno de Ollanta Humala. El mismo que millones de peruanos recuerdan como desleal con sus votantes por el incumplimiento de sus promesas de campaña. Una especie de “trauma” presente que hace que ante cualquier acuerdo o moderación de Pedro Castillo con sectores ajenos a sus propuestas iniciales, se pueda percibir la sombra de una posible traición. El expresidente Humala rápidamente cambió de aliados y hasta de ideología. Muchos de sus exministros en las últimas elecciones eran fervientes partidarios y activistas de Keiko Fujimori. Depende de Pedro Castillo dar señales de que se mantendrá la voluntad de cambio y que ante todo estará su compromiso con las mayorías populares que lo llevaron a ganar la primera y segunda vuelta. Quizá la prueba de fuego sea la composición del futuro gabinete y sus 100 primeros días de ejercicio en el cargo.

Lo cierto es que en escenarios de incertidumbre política como los que vivimos se hace necesario mantenerse vigilante, y ello viene desde todos los sectores. Así como hubo grupos centristas o moderados que votaron por Pedro Castillo exigiendo que no se radicalice y no se convierta en un Hugo Chávez, también desde los sectores de izquierda y populares está el deber de vigilar de que Castillo tampoco se convierta en un nuevo Ollanta Humala. La habilidad del líder y su equipo estará en saber mantener estos equilibrios que resultan fundamentales para consolidar la unidad del bloque político-social que ganó esta segunda vuelta electoral.

Finalmente, también aquí tendrán que ser pacientes los sectores populares, los partidos de izquierda y no caer en actitudes “infantiles” o radicales que no contribuirían en nada al éxito del gobierno de Pedro Castillo. Pero también está en que los derrotados —las derechas— entiendan que ellos no ganaron, así que, no pueden pretender gobernar y dictar políticas al futuro gobierno, tanto desde el Congreso, como desde sus medios de comunicación.

No caer en la tentación radical del “avanzar sin transar”, menos en la visión conservadora de “consolidar lo poco que se avanzó”. El desafío del gobierno será construir una mayoría lo suficientemente amplia que le permita “consolidar y avanzar”. Seguramente será difícil, pero esta campaña y las últimas semanas post elecciones ya nos han demostrado que nada será fácil en el Perú en los próximos años.