Orlando Mazeyra Guillén

Escritor, cronista e ingeniero de sistemas por la Universidad Católica de Santa Mría. Editor Cultural de la Universidad La Salle de Arequipa y colaborador del semanario «Hildebrandt en sus trece». Su más reciente inspiración está escrita en el libro titulado «Inmunidad de Rebaño. Historias de pandemia», donde extraemos este relato breve y la magia de su palabra.

CUENTO

«La segunda ola lleva el nombre de mi mujer», me dice Antonio —sin ningún deseo de sonar ocurrente o algo parecido— mientras caminamos por un estrecho sendero bucólico del valle de Chilina que, alejándonos de la atmósfera citadina, nos aproxima a los volcanes.

Él me hace un gesto con la mano para detenernos. Luce molido. Envejecido prematuramente (el último año le ha pesado como si fueran cinco o más). Se retira despacio el tapabocas y, con mucho cuidado, lo coloca en una bolsa de plástico antes de lamentarse: «esta cojudez me está produciendo acné». Se echa alcohol en ambas manos y se rasca con urgencia la comisura de sus labios: «¿Yo cuándo he tenido granos en la cara?», me pregunta señalándose asqueado los incómodos barritos; y, sin esperar mi respuesta, busca aprisa algo en su mochila negra. Talvez alguna de esas costosas lociones para combatir el acné.

         —¿Quieres unito? —me pregunta alcanzándome una cajetilla de Camel.

         —No —retruco—. Estamos haciendo un poco de ejercicio, Toño. Es la hora de la caminata: no me quiero malograr.

         —¡La hora de la caminata! —exclama enfadado—. Ahora todos se las dan de deportistas… Cuando por fin lleguen las vacunas al Perú, o sea, dentro de un huevo de meses, vas a ver cómo nos vamos a olvidar de las bicicletas, las caminatas, la comida sana, las áreas verdes y tanta huevada.

         —¿Tan mal va la cosa con Adriana? —pregunto intuyendo que (casi) todo su tremendo malestar tiene que ver con ella.

         —Hay días en que, ni siquiera hemos desayunado, y ya tengo ganas de lanzarme por la ventana.

         —Me exageras, Toño —le digo con un mohín de desconfianza—. Baja un poco las revoluciones y habla las cosas como son.

         Antes de proseguir le da una buena chupada al cigarrillo e intenta construir volutas de humo. Ha perdido la práctica. Antes de la pandemia, él era una auténtica chimenea.

         —No estoy hablando de matarme, obvio —aclara—. Me refiero a escaparme de la casa, pues. Y, como no puedo sacar el carro por culpa del gobierno, prefiero mil veces hacer una caminata contigo que ni siquiera me aceptas un pucho, a estar con ella encerrados en esa jaula…Sin agraviar, ah. No lo vayas a tomar a mal.

—No pasa nada, Toño.

—Mira: ni siquiera podemos comer tranquilos unas cuantas tostadas. A todo le pone peros y está obsesionada con esa tontera de que nos quitemos los zapatos antes de entrar al departamento y que nos cambiemos de ropa. ¿Qué más te puedo contar? Mi jato apesta a lejía y alcohol. Y mi esposa también. Ya ni me le acerco, no tiramos: huele horrible. Hasta me está haciendo tomar ivermectina cada dos semanas.

         —¿Pero es con prescripción médica?

         —No, según ella, es preventivo: dice que es una gotita por cada kilo. Para viendo videos en internet y me sale con cada barrabasada… tendríamos que caminar diez horas y no terminaría de contarte todos sus disparates. Y lo peor de todo es que antes de dormir me hace rezar el rosario con ella.

         —Pero si tú no crees. ¿O ya te convertiste por culpa del coronavirus?

         —A estas alturas del partido, hermano, prefiero ponerme a rezar que terminar a capazos con Adriana.

         Me imagino a Toño —el único de mis amigos que se negó a casarse por la iglesia— rezando junto a su mujer y, de la nada, me viene un ataque de risa.

         —¿Te burlas de mi desgracia? —me pregunta mientras enciende otro cigarrillo.

         —No —le digo—. Lo que pasa es que todavía no he visto todo. ¿Qué otras cosas más ocurrirán durante la pandemia?

         —Adriana tiene una prima en Concepción.

         —Ya. ¿Y qué hay con eso? No me digas que quieres poner las piernas de su prima en tus hombros y…

         —Escucha primero, huevón —me ordena—. Dicen ellas, porque las escucho cuando se ponen a parlotear a través de las viodeollamadas, que Piñera es un mercenario.

—En eso, Toño, no les falta razón.

—Por eso, pues, entonces sabrás que el pata ha comprado más vacunas que las que Chile necesita. No es precaución, ese todo lo ve negocio.

         —Las piensa vender a los turistas —infiero escéptico—. ¿No dicen que eso es puro floro?

         —Espérate nomás. No te impacientes. En las farmacias chilenas van a vender vacunas y en ese momento su prima nos hará la jugada, ¿captas?

         —¿Se van a ir a vacunar a Chile o pedirán un delivery? —le pregunto burlándome.

         —Soy capaz de irme, pero yo solito, en mi Subaru Impreza hasta el fin del mundo. Eso sí: no pienso volver. Un día de estos, mando a la mierda todo y me largo.

         —Eres el único campeón de nuestra mancha que se ha comprado un auto nuevo en medio de la pandemia. Pero es tu plata, Toño. Son tus ahorros…

         —Es más que eso —me interrumpe—. Ya que estamos hablando claro: yo, a ese carro, lo quiero más que a la Adriana. ¿Qué te parece?

         —Que tu nuevo amor vino vacunado de fábrica, así que te felicito.

         —Me voy a separar. Y solo le voy a pedir el carro, que ella se quede con todo lo que hay en el depa. Ya está decidido.

         —¿Cuándo te vas a divorciar?

         —Cuando se acabe esto. Eres la primera persona a quien se lo cuento. No quiero que hablen más de la cuenta. Si me voy de la casa ahora, todos van a rajar de mí, incluso ustedes. Voy a esperar nomás a que desaparezca el bicho.

         —Tienes para rato, Toño. Así que sigue rezando con Adriana mientras puedan.

         —Ahora solo falta que se lo cuentes a todos, ¿no? Inclusive a Adriana.

         —Vamos, hay que seguir caminando.

         —Tenemos que volver antes del nuevo toque de queda… ¿Hasta dónde quieres ir?

—Hasta allá —le digo señalando la cima del volcán Misti—. En ese lugar no hay coronavirus.

—Dime la verdad —me pide y se pone muy serio—. ¿Se me nota mucho el acné?

—Pregúntale a tu Subaru… o mejor a tu trampa, seguro ella lo escogió, campeón.