Odiado por muchos, aplaudido por varios, Andrés Bedoya siempre estaba en boca del mundo. A veces renegando de la ‘choledad’, de las procesiones, de los corsos y de los largos desfiles en Arequipa. Tildando de ‘racistas’ a los Humala o Alejandro Toledo. Requintando contra las combis y las ONG, a las cuales llamó «supositorios comunistas».

Nada doblegó su espíritu rígido e irreverente.

El Ogro Bedoya había llegado para remecer la ciudad y exhibir el socavón más recóndito del ‘racismo’, no precisamente para erradicarlo; por el contrario, intentando mostrar esa realidad, terminó normalizando las actitudes discriminatorias y las victimizaciones de nuestro tiempo.

Aunque sus pares y amigos próximos trataron de sopesar esa personalidad ácida y cruda, riendo o procurando comprender la naturaleza de sus comentarios. Nada pudo eludir aquel aire racista documentado en el periodismo nacional. Lo era, independientemente de que el sociólogo José Luis Vargas Gutiérrez nos coloque ante un hombre «simpático, risueño y buena gente» o haya afirmado que «lo que debe llamarnos la atención no es el racismo de ese señor, sino el carácter racista de nuestra sociedad» (2012).

No se nace para caer mal; pero sí para ser polémico y punzante. Y para ello se puede ‘nacer’ muchas veces. Andrés Bedoya Ugarteche (ABU) lo hizo tantas, que en cada una grabó su nombre en el periodismo local. Provisto de una pluma ocurrente y agresiva escribió numerosas columnas que a la fecha siguen dando de qué hablar, y no por lo anecdótico que anotan varios contemporáneos, sino por lo cascarrabias que, para muchos, también lo llevó a pecar de soberbio y soez, pues no faltaron frases y palabras subidas de tono con las que entretenía a la audiencia demostrando –en palabras nuestras– lo voluble, acomplejada, emotiva y mediática que es la sociedad peruana.

Después de todo, puede que ahí radique el motivo de semejantes declaraciones –no olvidemos que «se le tildó de insolente, lisuriento, racista y pelinco» (Jorge Malpartida, 2012)–. Por supuesto, mostrarnos una realidad tan dura y encarar la llamada «victimización» de algunos políticos y grupos sociales, no lo volvía mejor ni eludía su personalismo. Carácter despótico y exclusivista de un hombre que, como reclamaba por el trabajo honesto, terminaba defendiendo o encubriendo las patrañas de quienes se escudaban en su pensamiento.

Cuando sus opositores le achacaban «racismo», refunfuñaba e inmediatamente ofrecía sus descargos con suma inteligencia, diciendo que «para ser racista uno tiene que ser, absolutamente, de raza pura» (Enemigos Íntimos. Frecuencia Latina. 2009). No obstante, el premio internacional que llegó a recibir el diario Correo en el 2009, de manos de la ONG de DD.HH. Survival International reconocía en la pluma de Bedoya «el artículo más racista del mundo». En esas circunstancias, durante una entrevista con Beto Ortiz, ofreció la siguiente declaración: «[…] ellos están haciendo la diferencia racial, no yo».

Entonces, ya todos sabían que Andrés Jorge, defensor acérrimo de algunas expresiones del conservadurismo arequipeño (ojo, no todas), podía ponerse la soga al cuello y librarse con un chiste o alguna reflexión etimológica; por lo que enseñó el poder y el alcance de las palabras.

LAZOS FAMILIARES

El «Ogro» perteneció a la generación que fue testigo de la crisis económica mundial, de las grandes transformaciones sociales y políticas en nuestro país, y de los constantes debates sobre la educación.

Su madre, Rosa Ugarteche Montesinos, lo alumbró un 9 de marzo de 1936, en un hogar clase mediero alto que conformó con su esposo Jorge Bedoya Forga, comerciante, con quien se casó un 17 de abril de 1927 cuando ambos frisaban los 25 años de edad. El matrimonio religioso se realizó en el Oratorio de San Juan de Dios y el civil se asentó al día siguiente.

No se nace para caer mal; pero sí para ser polémico y punzante. Y para ello se puede ‘nacer’ muchas veces.

En ese tiempo, la familia debió establecerse en la calle La Merced N.° 402, por lo que su niñez se marcó en una pequeña ciudad, costumbrista, con ciertos aires citadinos y profundamente católica.

A pesar de su roce social, recordemos su ascendencia vinculada a uno de los principales industriales del país, lo último que le interesaba era quedar bien. En ese sentido, fue un hombre frío, hábil, franco y frontal. Algunas condiciones –las más humanas– fueron aprendidas durante su formación escolar con los jesuitas, y otras –tal vez las mordaces– con la educación superior en la Facultad de Derecho de la Universidad de San Agustín, incluso se comenta que llegó a estudiar un doctorado en Inglaterra.

Durante el tránsito de su juventud, se volvió agnóstico, y en esa etapa de desarrollo intelectual, observó desde Vallecito –donde vivía–, con cierta nostalgia e impotencia, los cambios que experimentó Arequipa en la segunda mitad del siglo XX; época en la que se casó con Elena Valdivia Vinelli (n. 07/08/1936), a los 27 años de edad.

Un arequipeño singular que se ufanaba y adjudicaba cinco identidades: alemana, española, collagua, judía y árabe; pero no exactamente ‘peruano’ o ‘arequipeño’, a no ser por su partida de nacimiento, en palabras de Bedoya: «porque lo manda un papel». Asimismo, alguna vez manifestó de forma burlesca lo siguiente: «por lo Bedoya me viene lo alcohólico, irresponsable y mete lío; por lo Forga, enfermos mentales, de manicomio (…); por lo Ugarteche, lo maricón, y por lo de Montesinos, lo inteligente [risas]» (El rey del racismo. Entrevista de Beto Ortiz. Frecuencia Latina. 2009).

EL TEMIBLE PERIODISTA

Un día el hombre perspicaz tomó la pluma y comenzó a publicar sus opiniones generando inolvidables exabruptos, por ejemplo, el que nos recuerda en una nota Luis E. Podestá, precisamente cuando Bedoya Ugarteche se ensañó con el exalcalde de Arequipa, Luis Cáceres Velásquez, quien –por si fuera poco– también se caracterizaba por descomedido y desafiante. Pero el momento más controvertido fue en torno a su opinión sobre el conflicto de Bagua que lo condujo a recibir el ‘premio’ que anotamos párrafos arriba.

El «Ogro» se enlistó en intensos debates generando el odio de muchos y el aplauso de otros tantos que lo seguían. Siempre estaba en boca del mundo. A veces renegando de la ‘choledad’, de las procesiones, de los corsos y de los largos desfiles en Arequipa. Tildando de ‘racistas’ a los Humala o Alejandro Toledo. Requintando contra las combis y las ONG, a las cuales llamó «supositorios comunistas». Gruñendo por las palomas en la plaza y criticando a curas, militares, políticos, etcétera. Hizo sarcasmo de cada hecho y personaje.

Ese imborrable paso por el periodismo escrito –decimos ‘imborrable’ por lo que pudo despertar en los lectores–, inició con pequeños textos en el diario El Pueblo y se popularizó en Arequipa Al Día (en la dirección de Carlos Meneses Cornejo) con la columna «El Castillo del Ogro» y otra en Expreso con «La Ortiga», que luego lo llevó a Correo de Lima, con Aldo Mariátegui.

Aquella acidez también se percibió en un programa de televisión que inició en 1958 con el nombre: «La pedrada de Andrés». Primero en Canal 2 y, luego, en Canal 8 (posteriormente Perú TV) por la década del 80. Aquí se presentaba con un muñeco, a modo ventrílocuo, que lo acompañó en sus más hilarantes historias. Nos referimos a Don Timoteo Gonzales que representaba a un loncco arequipeño.

Solo bastaba unos pocos minutos para robar la atención de los televidentes. En esas circunstancias, podían suceder dos cosas: ganaba respeto y cierta admiración, sobre todo, de quienes compartían sus ideas, o asumía la severa crítica, como la reseñada por un joven escritor Carlos Arturo Caballero que lo llamó «cacógrafo embotellado» (2008).

En su vejez llegó a jactarse de conocer al ‘pueblo peruano’, y puede que no se haya equivocado, en el sentido de que un gran sector rechazaba sus declaraciones y se lo hizo saber. A pesar de todo y hasta sus últimos días, «ABU» no se retractó. El periodista arequipeño –aunque a veces evadía dicho gentilicio– falleció víctima de un cáncer pulmonar, un 16 de abril del 2012 en la ciudad de Lima.

Escribe: Hélard Fuentes Pastor – Historiador y escritor