José Luis Vargas Calderón tiene 30 años y el 7 de julio pasado fue arrollado y arrastrado por una combi de servicio público, en el accidente se fueron sueños y le quedaron horrendas pesadillas que lo levantan de la cama gritando a cualquier hora. Su padre debe calmarlo para que no recuerde las llantas de la cúster pasando sobre su cuerpo. Una prominente gasa cubre la cavidad izquierda de su rostro, un cúmulo de vendas resguardan los injertos de piel en su mano derecha y en sus rodillas las vendas tapan las heridas al rojo vivo que dejaron la operación de injerto en la Unidad de Quemados del Hospital Honorio Delgado Espinoza.

Son casi las 9:00 horas del miércoles 8 de setiembre y estamos en Nueva Alborada, un populoso sector del distrito de Paucarpata. Luego de andar algunos minutos buscando, hemos encontrado la casa de José Luis Vargas Calderón, un joven de 30 años quien fue víctima de la imprudencia de un conductor de cúster. El 7 de julio pasado, aproximadamente a las 16:00 horas el chofer de la combi de placa A4F-743, Víctor Zambrano, lo atropelló y arrastró más de 20 metros por el pavimento de la calle Misti en la zona de Atalaya de Mariano Melgar. José Luis terminaba su jornada como heladero y estaba retornando a su base para dejar su carrito y finalmente ir a descansar a su domicilio sin saber que esa tarde era el inicio de una pesadilla.

Su padre, Marcelino Vargas Canaza, es quien nos invita a pasar, después de atravesar un pequeño pasadizo llegamos a un patio adornado con plantas y flanqueado por cuatro habitaciones. José Luis sale presuroso de la cocina y en una franca bienvenida me estira el puño izquierdo como muestra de saludo, su brazo derecho está vendado y sus dedos acomodados uno sobre otro aún con el rastro de sangre. Me confiesa que las vendas cubren el injerto que los médicos de la Unidad de Quemados del Hospital Honorio Delgado Espinoza le practicaron para recuperar esa parte de su cuerpo. “Me sacaron piel de mi pierna para que llenen el hueco que tenía en mi mano”, me dice mientras su padre le acomoda una silla para iniciar la conversación.

En el accidente, José Luis perdió más de la mitad del rostro y el ojo izquierdo; quedó sentado en el pavimento en medio de un charco de sangre, rezando para que Dios lo proteja, mientras los vecinos de Atalaya lo recostaban en el suelo a la espera de los bomberos y la policía. “Yo rezaba y solo quería pararme e ir al depósito para dejar mi carrito y luego curarme; nunca imaginé que fuera tan grave mi accidente, tampoco pensé en que llegaría al hospital”, me cuenta mientras muestra su muslo derecho con una herida al rojo vivo. El pasado 20 de agosto, los médicos sacaron la carne de esta parte de su cuerpo para colocársela en su brazo. “El injerto me duele”, añade José Luis.

“Yo rezaba y solo quería pararme e ir al depósito para dejar mi carrito y luego curarme; nunca imaginé que fuera tan grave mi accidente, tampoco pensé en que llegaría al hospital”

El viernes 27 de agosto, José Luis fue dado de alta por temor a que contraiga alguna bacteria intrahospitalaria, sus heridas recién estaban cicatrizando y era muy peligroso que se quede postrado en una cama de la Unidad de Quemados. Aunque había preocupación en la familia, también en casa todos esbozaban una sonrisa por el retorno del joven heladero, rescatado de las garras de la muerte. Fueron los médicos del hospital Goyeneche que lo estabilizaron y luego los del Honorio Delgado quienes hicieron todo lo humanamente posible para que José Luis vuelva a la vida. Marcelino, su padre, relata que en algún momento les dijeron que se preparen para lo peor.

El jefe de la Unidad de Quemados y Cirugía Plástica del hospital Honorio Delgado Espinoza, Jorge Almendariz, me cuenta que José Luis llegó al área sin presentar mayor inconveniente. Sin embargo, el trabajo para los especialistas fue curar las secuelas que el accidente le dejó a José Luis. “Las lesiones que tiene es la pérdida del hueso en el lado izquierdo de la cabeza, pérdida labio de músculo. Todo eso se ha tratado, ahora lo que corresponde es un procedimiento de cirugía estética, más que funcional”, me explica por el hilo telefónico. Y agregó que las heridas de José Luis evolucionaron favorablemente.

José Luis entiende bien que su estado fue muy crítico y considera que su existencia se la debe al Todopoderoso. “Yo rezaba en la habitación del hospital, le pedía que me deje vivir y se me hizo el milagro. Tuve mucho miedo de ya no abrir los ojos nunca más y no quería eso porque mi familia iba a sufrir”, relata aguantándose algunas lágrimas. Su grave estado hizo que los médicos lo entuben para que pueda respirar, eso hizo que el joven heladero perdiera el habla. Recién el 7 de agosto pudo recuperar la voz y lo primero que hizo fue llamar a su madre con ayuda de una enfermera. “Yo veía que las personas eran buenas y a una de ellas le pedí prestado el celular y llamé a mi mamá (María) al mediodía, era su hora de descanso”, cuenta.

CHEQUEO

El reloj marca las 9:30 horas y José Luis empieza la difícil tarea del aseo personal. Con solo una mano empieza a lavarse los pies con agua tibia en un lavador que su padre le trajo. Apenas se puede agachar para jabonarse, le cuesta por las heridas en el torso, huella del arrastre de la combi; y las llagas en los muslos, producto de la operación de injerto que se le practicó. “Antes me bañaba normal y salía rápido, ahora tengo que estar pidiendo ayuda a mi padre”, señaló. En seguida ingresa a la sala de su casa, me pide esperar y luego de algunos minutos sale cambiado con un pantalón de buzo suelto, un polo, una polera y una gorra, que protege las heridas de su rostro del inclemente sol.

En la puerta, un taxi ya espera. Su padre tomó la previsión de pedir a un vecino que los lleve al hospital. José Luis tiene su penúltimo chequeo (8 de setiembre). “El doctor Almendariz me tiene que quitar las vendas y el parche de la cabeza porque ya están sucios. También tiene que ver si mis heridas están sanando, esperemos que sí”, me dice esperanzado. Luego de un breve recorrido marcado por los rompemuelles, que le recuerdan a José Luis que sus heridas aún están frescas, llegamos al hospital. Al bajar se queja de un poco de dolor, pues por más mínimo que el movimiento haya sido, siente que la piel se le estira. Saluda en la puerta, todos parecen conocerlo; y es que su accidente no pasó desapercibido en Arequipa. Atraviesa el pasillo y sube hasta el quinto piso, luego de esperar por algunos minutos el vetusto ascensor del nosocomio. Son casi las 10:00 de la mañana.

Conforme el ascensor asciende, una dama le regala una mascarilla y le recuerda que Dios lo ama, José Luis asiente con la cabeza y sale a prisa del elevador, tras él, dos periodistas. En la puerta de la Unidad de Quemados, su padre saca de la mochila un mameluco celeste para cubrirse el cuerpo, ingresarán a zona estéril, no covid-19, y por ello deben tomar todas las precauciones, mientras nosotros esperamos como él que el médico le dé buenas noticias. Al cabo de unos minutos, sale Marcelino y nos anuncia que José Luis ya está siendo atendido, una enfermera lo llama y corta la conversación. Unos minutos más y el joven heladero sale apoyado en el hombro de su padre. “El doctor me dijo que mis heridas están cicatrizando bien y me dijo que vuelva la próxima semana (15 de setiembre)”, me cuenta mientras bajamos en el ascensor. Entre tanto su padre agrega que “esa será la última consulta”; luego de esa última citación, José Luis puede quedar internado para que una junta médica evalúe su caso. Inicia el camino de vuelta a casa.

CAMBIO RADICAL

Antes del accidente José Luis se levantaba a las 5:30 horas, después del aseo tomaba el desayuno junto a su familia y a las 8:30 ya estaba saliendo a trabajar. Llegaba hasta el depósito de helados Súper Abad, ubicado al frente de la I.E. Gran Unidad Escolar, en donde sacaba hasta dos “latas”, como él las llama, y empezaba su jornada de venta. Su andar laboral lo llevaba a los distritos de Socabaya, Paucarpata, Mariano Melgar, precisamente en este último distrito ocurrió el accidente. “Mi vida ha cambiado radicalmente, ahora solo puedo cuidarme las heridas, he dejado de trabajar y mi padre también porque él me debe cuidar”, me cuenta acongojado. José Luis llevaba seis años trabajando como heladero, gustaba de este oficio porque le dejaba lo suficiente. “A diario sacaba de 150 a 200 soles y con eso aportaba a mi casa”, me confiesa.

Por las noches, las secuelas psicológicas rondan la cabeza de José Luis; desde que salió del hospital pasó muchas veladas despierto. “Si duermo me da pesadillas y despierto gritando, recuerdo el carro rojo que me atropelló”, señala y a la vez me explica que las llantas del vehículo le destrozaron el hueso frontal del cráneo y la nariz, “por eso tengo problemas para respirar y tampoco puedo comer bien”, agrega. Su papá comenta: “antes dormía calladito, ahora por lo que no puede respirar ronca y cuando lo escucho gritar tengo que bajar a verlo, a veces llora”. Durante el día José Luis debe estar postrado en cama, solo se levanta para comer, ir al baño o ir al hospital. Una vieja televisión lo distrae, en ella ve fútbol y confiesa que es hincha de Lionel Messi y Melgar. La música también lo relaja, a ritmo de reguetón esboza una tenue sonrisa.

SUEÑOS TRUNCOS

José Luis estudió por dos años Mecánica Automotriz en Senati. La crisis pandémica lo obligó a salir a trabajar para llevar algo a su hogar. “Estudié en el 2018 y 2019, por falta de recursos lo dejé, siempre me gustó arreglar carros, me llamaba mucho la atención”, me cuenta. El joven heladero tenía planeado retomar en agosto de este año sus estudios, pero un mes antes la mala fortuna tocó a su puerta y ahora ya no podrá hacerlo. “He perdido un ojo, ya no puedo seguir mi carrera, porque será muy complicado. Ya me han dicho que cualquier accidente me puede pasar pues para ser mecánico se requieren dos ojos”, me confiesa acongojado.

Cualquier ayuda, la puede canalizar a través de su padre Marcelino Vargas al teléfono 943561006.

José Luis pide que el conductor que lo llevó a esta grave situación se haga cargo de sus operaciones y cumpla con él. “Me siento muy triste, porque mientras yo sufría en el hospital, él estaba libre en su casa”, manifestó y agrega “Quiero que me haga mi cirugía y que mi cara esté como antes”. José Luis espera recuperarse para volver a trabajar, no importa de lo que sea, tal y como él lo dice. Cualquier ayuda, la puede canalizar a través de su padre Marcelino Vargas al teléfono 943561006.

Escribe: Jonathan Bárcena Carpio Fotografía: Rodrigo Talavera Velarde