Escribe: Juan Pablo Torres Muñiz

Profesor de Lengua y Literatura. Docente de Filosofía.

En tiempos de taquilla millonaria para sellos como Marvel y DC, en tiempos de disfraces y poses, no sólo de niños, y ya sin que importe que esté lejos Halloween o el carnaval, cabría suponer, acaso, que todo mundo sabe de qué habla cuando habla de héroes. Pero no es el caso. Como suele ocurrir con los términos que requieren interpretación literaria, pero que suenan demasiado, a lo que cede la mayoría es a puro idealismo. Muy pocos pueden definir con precisión qué es un héroe y mucho más señalar las implicaciones del uso de una u otra indefinición.

Es verdad que en escuelas se habla de héroes patrios, si bien cada vez con menos crédito, acorde a la creciente relativización de toda moral ante una pretendida ética universal, absurdo implantado ante el idealismo identitario de moda. ¿Qué es un héroe? ¿En qué consiste la heroicidad? ¿Y qué es un villano y qué un antihéroe? ¿Es posible hablar de una moral y de una ética como ejes de la heroicidad?

Para atender estas cuestiones, empleamos un enfoque de corte principalmente filosófico, desde ciertos planteamientos del Materialismo Filosófico de Gustavo Bueno, así como otro de corte literario, también materialista, sin limitarnos a ninguno de los dos. Partimos de la idea de persona humana, comprendiendo su triple materialidad: la corpórea, biológica; la psicológica; y la racionalidad, siempre en sociedad.

Empecemos por señalar que sólo puede convertirse en héroe una persona humana. Cuando hablamos de persona nos referimos a una construcción racional por medio de la cual un hombre (un humano, en tanto especie biológica) o un conjunto de ellos, participa en una determinada sociedad, que le reconoce así una personalidad en ella. Cada quien desarrolla distintas personalidades, las que integra en su única persona: un mismo sujeto es, por ejemplo, padre de familia, presidente de una asociación vecinal, amigo entrañable de alguien más, empleado del departamento de administración de una empresa e integrante de un gremio, aparte hijo de una madre y hombre de carne y hueso con sus afectos y emociones.

No cabe aquí hablar de ser humano, invención indescifrable, puesto que refiere a una ontología al margen de toda sociedad y construcción racional: un ser sin razón, ni normas, ni lenguaje, ni acervo de ninguna clase, al margen de toda organización, conocimiento y cultura: algo abstracto e imposible del que además nadie precisa diferencia específica alguna respecto de otros seres sin que medie una mística con origen desconocido.

Elsa.

Luego conviene entender, para poder dar a continuación, por fin, la definición de héroe, a qué nos referimos cuando hablamos de mundo, y qué se supone que es el mal (de cada mundo).

La etimología del término mundo proviene del latín mundus, que a su vez procede del griego κοσμος (kosmos). El mundo es el ámbito ordenado en torno de la persona humana; en otras palabras, todo cuanto la persona es capaz de nombrar, puesto que todo cuanto tiene nombre ocupa para él un lugar determinado; la persona es capaz de concebir cosas, hechos o sucesos aún si no los tiene ante sí, sólo como productos de lo que efectivamente conoce. De manera que cuanto amenaza o pone efectivamente en riesgo el orden y, ni qué decir, la existencia de los componentes del mundo, la estabilidad del mundo conocido y concebible para adaptación a él, ha de ser malo.

A partir de estas definiciones resulta más sencillo entender que para las personas de determinada comunidad el mal no sea el mismo que para los de otra, quienes conciben su mundo de forma diferente: otro mundo. Asimismo, se aprecia que, en muchos casos, el bien de una comunidad representa el mal de otra, directamente.

Pues bien, la persona que enfrenta a un mal para su mundo y que, a través de dicha lucha, por ella, le asigna un nuevo sentido a su propia vida; quien, por tanto, sirve a otros y así le asigna también un nuevo sentido a la vida de los demás, es un héroe.

Es claro que esta asignación de sentido se da, no en el plano de la realidad material compleja, si no en el de una narración, de la historia del héroe, una porción, apenas, de la realidad operatoria. El héroe es un personaje, uno cuya imagen vemos anteponerse a la de la persona de carne, hueso, emociones y pensamiento racional. Esto explica la frecuente turbación de idealistas y otros incautos una vez se topan con defectos de toda clase, por demás previsibles, en una figura histórica, al margen de la narración de su heroicidad, como si esto no debiera ocurrir jamás…, como si la persona humana fuera algo unidimensional, simplón, un absurdo: la abstracción esa de “ser humano”, “universal”, “ciudadano del mundo”, “capaz de vivir plenamente atendiendo a la fuerza de su corazón”, “hermanado con la naturaleza”, “polvo de estrellas”, etcétera.

Un héroe es tal como protagonista de una historia moral; dicho de otro modo, lo es en tanto y cuanto actúa en ella prefiriendo la supervivencia de su comunidad, del mundo debidamente ordenado como lo conoce, que la supervivencia de un individuo en particular, máxime si se trata de sí mismo. Por tanto, no es indispensable que venza al mal, pero sí que oriente a la comunidad en pleno con su dialéctica, en lucha moral.

El mártir, del que hay que distinguir al héroe, muere, entrega su vida atendiendo a un sentido previamente establecido, por una causa preexistente: sigue la senda de los héroes, pero no determina por sí mismo una lucha. 

Ahora bien, aclaremos la distinción entre ética y moral, de suma importancia en este asunto, apoyándonos en el pensamiento de Gustavo Bueno al respecto. En esta línea, entendemos ética como la regulación normativa que antepone la subsistencia y el desarrollo del individuo por sobre los de su comunidad, y la moral como la regulación normativa que antepone la subsistencia y el desarrollo de la comunidad por sobre los del individuo. Para ilustrar su contraposición qué mejor, en nuestro medio, que uno de los ejemplos que el mismo filósofo español exponía en conferencias: el de la migración. En este caso, atender al inmigrante que escapa de su país natal para sobrevivir significaría, por supuesto, dada la atención de su necesidad concreta inmediata, un acto de ética, mientras que el Estado, en tanto organización compleja habría de preferir, antes, un marco legal para garantizar que pueda recibir a determinado número de inmigrantes y no a todo aquel que ingrese por sus fronteras, dados los límites de sus recursos y medios, puesto que en todo caso ha de preferir la atención de su población nativa.

Neo.

Quien se hace héroe salvando a un solo individuo, adquiere el estatus de tal porque con sus actos salva en realidad más que a un individuo en particular, al orden mismo de la sociedad a la que pertenece; de hecho, su orden y estabilidad conforme a una normativa moral.

La crisis de la moral frente a la ética arrecia conforme a una desproporcionada preferencia del individuo por sobre la comunidad, y hace rato ya que ha derivado en una clara dictadura de la subjetividad. Triunfa de tal modo el relativismo, que cunde en el pensamiento anglosajón, que hereda del protestantismo la idea de la gracia por revelación individual: cada quien haga lo que crea que está bien y eche a ver cada cual consigo mismo y su conciencia, sin instituciones. Así, el asunto de la identidad reemplaza a la necesidad de personalidad como institución. En lugar de libertad, que implica responsabilidad, y una dialéctica, siempre, en relación a las instituciones, una suerte de liberalismo laxo, conflictivo, que depende prácticamente por completo de la victimización como condición de validación.

¿Qué ocurre con los héroes en este contexto?

Para dar respuesta a esta cuestión es necesario, primero, señalar el destino de los villanos, y luego tratar el asunto de los antihéroes.

Bien, si los héroes son personajes de una narrativa, y en ella, personas que luchan contra el mal que atenta contra su mundo, vemos que a menudo se enfrentarán a dicho mal personificado, es decir, a un sujeto en particular, representante del mal, incluso encarnación de éste, como agente de la fuerza que amenaza con destruir el mundo del héroe. Esto explica que el héroe de una comunidad sea, a la vez, el villano de la comunidad rival, y viceversa.

Cuanto más conectadas, cuanto mejor comunicadas dos comunidades, ni qué decir si es por un idioma común, cual es el caso de los estados hispanoamericanos, más difícil pintar al enemigo como villano, simplemente. Pintar de malos a los otros es más fácil, por supuesto, para quienes ven el mundo de un modo distinto, quienes emplean para concebirlo un idioma diferente. Así, las leyendas negras se componen siempre en lenguas ajenas a las del Estado o imperio villano de ellas. Colisionan, en efecto, mundos diferentes. Ejemplo emblemático, los cuentos gestados en el imperio depredador inglés respecto del imperio generador español en América, con invenciones como las de las quemas de herejes y cazas de brujas, que se dieron más bien en territorios bajo la voz de Lutero, que los instaba expresamente a la masacre. Y esta narrativa es de la que, dada su exitosa proliferación, deriva la forma de interpretación de la historia dominante hoy. Y la narrativa de superhéroes…

Pasados los principales procesos independentistas de América, en los que, por cierto, Inglaterra hizo de buen amigo de toda causa contra España, mientras el exterminio de indios norteamericanos corría a todo vapor, la aparición de nuevos héroes se da, sobre todo, en el terreno de la ficción: cómics y cine. En el primer ámbito, basta un vistazo para caer en cuenta: El Zorro, que lucha contra las autoridades españolas en Nuevo México; Fantasma, contra los colonos belgas, esclavistas y traficantes de personas –¡vaya!–; el Capitán América, contra Cráneo Rojo, caso en el que sobran explicaciones, y un largo etcétera. En el cine, el asunto va más lejos y logra mayor hondura: el Western se constituye en toda una institución de heroicidad contra los indios rebeldes y asesinos, así como contra “colonos” españoles y forajidos, enemigos del “espíritu pionero”, “espíritu de la libertad de conciencia”: el hombre, rifle y Biblia bajo el brazo, solo contra los elementos a fin de trazar la nueva frontera, de construir la nación de los elegidos, ésa donde el sueño americano se hace realidad a punta de tiros, de industria y competencia encarnizada, justificada apenas, y no siempre, por un sentido del progreso que se revela distinto en “cada corazón”, que se explica distinto según cada predicador, con una justicia que se aplica distinta según cada Sheriff.

Hasta entonces, antes del cine y de la explosión del cómic, los antihéroes populares eran todos fracasados, en el mejor de los casos, cómicos. Ejemplar, el caso de Don Quijote, que cada vez que interviene en un asunto, supuestamente para resolver problemas, lo complica todo y lo lleva a descalabro. Llevado por su idealismo, incapaz de lidiar con la realidad material, de operar razonablemente en ella, con ella, fuerza por imponer su visión particular de las cosas, de los hechos y los sucesos, debido a lo cual llega a ser rechazado, a menudo brutalmente, por gente que simplemente sobrevive en su mundo, o es hecho sujeto de burla por otros, menos o más cordiales, según la situación, y todo esto, sin dejar de preocupar a los suyos. Otro ejemplo destacado, el de Hamlet, de Shakespeare: muchacho atormentado, incapaz de lidiar con la realidad problemática de su familia sin apelar a supuestas apariciones y revelaciones misteriosas, sin acudir a tretas enrevesadas ni lastimar a sus personas más queridas, precipitando finalmente una masacre.

¿De qué hablamos cuando hablamos de antihéroes? Un antihéroe es el personaje de una narrativa, uno que niega la realidad material de su mundo, lucha contra ella y reniega de la razón; no representa ningún mal concreto ni mucho menos un sentido constructivo, si bien, claro, debido a que se rige por impresiones subjetivas, es fiel a “sus sentimientos” y dice portar una verdad no revelada al resto, se enfrenta usualmente a los héroes, encarnaciones del sentido común. Es un adolescente fuera de edad, una persona que, pasado el periodo de violentos cambios en su desarrollo, se perpetúa como personaje en la incomprensión de su propia situación corpórea, emocional y racional; se cree protagonista de una tragedia intransmisible. Somete sus capacidades intelectuales, que pueden ser considerables, a la negación enconada de la realidad, por lo cual suele ser místico, fantasioso, y casi siempre sofisticado en su discurso. Defraudado por la realidad, se dispone a su destrucción; es un revoltoso que se pretende revolucionario: en lugar de plantear un horizonte, al menos de utopía, como los primeros marxistas, simplemente confía, tiene esperanzas ciegas en que del caos se verá engendrada una armonía fantástica. Pura locura.

El primer antihéroe exitoso popular aparece también en Literatura: Raskólnikov, de Crimen y Castigo de Dostoievski. Idealista, vagabundo, adolescente contumaz, se hace asesino y, sin embargo, pese a lucir en su conducta una serie de patologías, de forma incluso estridente, se redime en el amor de una prostituta, personaje imposible por su cariz virginal, como si lo que importase, en última instancia, fuera siempre el sentimiento propio respecto de la realidad, una suerte de consciencia no racional, revelada además en lo innombrable: puro idealismo… de corte luterano, para más inri.

Luego, con el cine, los rebeldes sin causa se vuelven instrumento de consumo por excelencia: la adolescentización garantiza, de hecho, la oferta de mil estampas complacientes, modelos ad hoc para amplia y creciente variedad de adolescentes/consumidores. Estrellas de rock que entonan himnos de incomprensión, que rugen contra el mundo reclamando (a los adultos) que les duele que no sea como el de sus sueños de niñez o como el de la sensual visión de su temprana pubertad.

Con la aparición de la televisión, la vida política apenas y discurre al margen de sus noticias, se acomoda pronto al uso agresivo de su publicidad y, finalmente, lo convierte en su principal medio, hasta la aparición de Internet. Esto explica, por ejemplo, el culto de figuras como Eva Perón o la popularidad del siniestro Che Guevara.

Los antihéroes son personajes que, como todo adolescente, aunque a diferencia de ellos, sin justificación de edad, adolecen de personalidad: no se conocen a sí mismos, y evitan hacerlo, pues hacerlo implicaría enfrentar la realidad racionalmente; niegan su materialidad corpórea, emocional y racional social, así como, en consecuencia, cualquier responsabilidad respecto de las decisiones que adoptan en sociedad, por la que se sienten oprimidos. Su perfil de personajes, claramente patológico, resulta fresco apenas con una cuota de ingenio, su carácter provocador los hace atractivos; se trata, en general, de figuras con las que resulta fácil identificarse a partir de cierto grado de auto conmiseración; el victimismo funciona, en tal sentido, como base para una identificación gremial. Cada comunidad descontenta que se considera a sí misma, con mayor o menor razón, oprimida, cuenta, en tanto sus miembros sean más vehementes e idealistas, apasionados, irracionales, con más potenciales antihéroes, a los que finalmente se hace pasar por héroes.

Surgen nuevos antihéroes en nuestro medio a cada minuto: decenas de miles de personas cuentan historias de sí mismos pintándose como tales en redes sociales. Las plataformas de entretenimiento anglosajonas multiplican su oferta de antihéroes en el ámbito de la ficción y el resto de la industria en otros idiomas obedece la tendencia con apenas una que otra adaptación, como si el afán inclusivo forzado no fuera parte de la tendencia e hiciera más vendible el producto. El caso más emblemático de los últimos años es Elsa, de Frozen, que escucha una voz interior, que es a la vez la de la naturaleza que se le revela mágicamente, y lucha por la destrucción de las estructuras patriarcales y porque la naturaleza haga su camino sola…, como si tal cosa fuera posible, como si las fuerzas naturales atendiesen de por sí rutas; Elsa lucha por el fin de las fronteras, el fin de los estados organizados y el retorno a lo tribal.

La extrema subjetividad de los antihéroes seduce por su aparente inclinación a la ética; en realidad, lo suyo es un desbarro al individualismo, bastante aprovechable, eso sí, por organizaciones dedicadas a la complacencia diversificada de necesidades que, debido a que brindan identidad gremial, se multiplican a ritmo creciente. La crisis institucional que atraviesa buena parte de países en estas latitudes se corresponde perfectamente con esta tendencia, lo que no es para nada gratuito si vemos quiénes se benefician con ello. No es casualidad, tampoco, que se promueva en estos mismos estados debilitados que se hable de poder en lugar que de fuerza, que se propague el miedo a la confrontación y al desacuerdo, mientras se pregona que la resolución de conflictos debe de darse siempre por medio del diálogo, en armonía, que basta atender los sentimientos de todo mundo para dar con la paz. No es casualidad que se reduzca así, a los estados a los que el turbo capitalismo le interesa dominar, a la dispersión y a la impotencia.

Veamos: La fuerza es la capacidad material de algo para perdurar en el tiempo. La potencia, el valor de una fuerza estimado a partir del cálculo, de operación material. Por otro lado, el poder es más bien una atribución subjetiva, una fuerza atribuida sin constatación ni cálculo material, de acuerdo a determinadas circunstancias y, siempre, debido a intereses en contraste. Los héroes son, en la narrativa que protagonizan, personas fuertes; de hecho, demuestran su fuerza a través de la acción heroica; los antihéroes son, en cambio, poderosos, y esto sólo en tanto y en cuanto se los deja actuar más allá de los límites de lo razonable. Así las cosas, conviene tener en cuenta que el muy en boga empoderamiento no es más que una atribución de poder por parte de quien efectivamente es fuerte en relación al otro, al que brinda cierto reconocimiento y debido a éste, en última instancia, cierta identidad.

El hecho de que el discurso que presenta al antihéroe como héroe baste para confundir los términos se debe, aparte la ignorancia que cunde, merced de la falta de rigor en estudios básicos, y a la ausencia de crítica en nuestro medio, a un proceso complejo dirigido contra el orden institucional fuera del mercado turbo capitalista, en el que bien se aprovecha lo anterior. Quien sólo apela al pueblo, quien sólo dice por el pueblo, para el pueblo, en realidad no dice nada, salvo que, de ser honesta su declaración, apenas y refiere a una noción subjetiva al margen de toda institucionalidad, una masa informe para la que no tiene definición alguna y para cuya mención emplea una y otra vez la apelación a sentimientos y niega toda razón. ¿Pero a quién sirve, en realidad, lo sepa o no, un personaje que opera así en la vida política? Como no puede ser de otro modo, asiste a intereses personales, particulares, obedece a una lógica feudal salvaje.

Las consecuencias de que esta forma de ver la realidad haya permeado como lo ha hecho en la democracia, son de escándalo: gran parte de la población peruana, por ejemplo, ha mostrado su predilección por caudillos al margen de toda institucionalidad estatal, representantes de la más rotunda mediocridad en materia de competencias intelectivas, representantes de una suerte de indignación ciega, sin el menor conocimiento de cómo funcionan ni mucho menos cómo habrían de hacerlo las instituciones, gente que no tiene objetivo alguno ni lo manifiesta, y que se dedica a apelar mil veces al pueblo y a los oprimidos, con los que, por supuesto, se identifica. A veces, incluso, por medio de disfraces; sombreros, por ejemplo.

Lo más peligroso del asunto, es que, dado el discurso imperante, en el que, insistimos, cunde el afán de anti heroísmo, el victimismo irracional y la bronca revoltosa, se desatienden las necesidades auténticas de quienes sí que requieren una gestión responsable, transparente, y resulta, además, muy mal visto hacer crítica: no falta quien dice que criticar, por ejemplo, al Sr. Castillo es… y añádase aquí el calificativo de moda del que, por supuesto, no tiene quien lo emplea definición alguna. 

El patetismo de la muy popular novela rosa, hoy hormonado con floro de autoayuda, así como la simplona exposición de violencia entre personas, de preferencia en barrios bajos, donde los malditos románticos siguen coqueteándole al lector, aparte mil quejicas de sus papás con la mal llamada autoficción, copan estanterías en librerías. En el cine, adolescentes extraviados como Neo, de Matrix, han cedido el paso a mercenarios mafiosos como Toreto, entre secuencias de acción de caricatura. Pero, como siempre, la realidad supera a la ficción. Y he aquí que hacen falta, ¿Quiénes?