Nuestro colaborador Hans Herrera detalla el diario vivir de José Isola y su vida de éxito basada en continuar, continuar y continuar…  

Escribe: Hans Alejandro Herrera Núñez

Escritor, consultor editorial y periodista cultural

Polio, crisis económicas, pandemias, hasta un bus bomba, nada detiene al hombre de la silla de ruedas que lo hizo todo. Desde las calles de Ciudad del Este, hasta el piso 80 de un rascacielos de Nueva York, una vida con timón y en el delirio del éxito, y el éxito es: continuar. Jamás parar.

Un mundo para José

De niño a José lo disfrazaban en carnavales de veterano de guerra, con su muleta, vendas y heridas. Por esa época ya lo trataban por su polio y frecuentaba a Javier Diez Canseco, con quién se vería más de una vez. En el colegio tenía a Mario Testino de compañero. En casa su madre sería su primer referente en el valor de la prenda y el buen gusto. En la oficina, su padre, un barón de la industria textil peruana, le enseñaría el mundo que heredaría. Entretanto conocería el mundo de los caballos (su familia criaba puras sangres) y en verano surcaría las olas de la Bahía de Lima en veleros junto a su papá. Una vida como extraída de Un mundo para Julius.

Con mucho menos de 30 años José Isola asumiría la dirección de la empresa textil familiar. Su padre había fallecido todavía joven, y José todavía tenía fresca las clases en la Universidad, o mejor dicho el olor a cigarros de las aulas. Porque entonces los estudiantes fumaban en las aulas. Entre pantalones acampanados la década de la última dictadura militar concluía en Perú. José entusiasmado iba a sus primeras votaciones, las de la Constituyente de 1978. Y le tocó ser presidente de mesa. El destino ya lo demarcaba a la responsabilidad del liderazgo.

Entonces la industria textil estaba dominada por familias italianas o árabes. El joven directivo se iba ganando su lugar. Pero también eran los tiempos del terrorismo, la crisis económica y la inflación. Y sin embargo… Nosotros estábamos convencidos que el producto que nosotros vendíamos como algodón peruano era estupendo. Entonces me animé a conquistar nuevos mercados. Eso involucraba treparse a un avión. Comencé con un íntimo amigo mío newyorkino que me llevó a la oficina de su cuñado quien resultó ser uno de los confeccionistas más importantes de EE.UU., y que lo único que hacía era ropa para hombres y que solo hacía camisetas. Por ahí empezó a jalar el hilo de la madeja de los negocios internacionales. Si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma.  

Otro avión y a buscar inversionistas. En Italia conocí a unos italianos, valga la redundancia, que hacían estampados y compraban tela lisa para hacerlos sobre algodón pima. Un día me dice el italiano, mándame 5 metros de tocuyo, y le llevaba el tocuyo, y el italiano veía que quedaba fenomenal. A los 20 días tenía una orden por 300 mil metros de tocuyo. Los viajes de negocios comenzaban a hacerse más frecuentes. 3 o 4 al mes. Metías 3 mil metros en un avión y en 24 horas lo tenían. Yo mismo viajaba. He vendido a Italia, Venezuela, EE.UU. y Argentina. Mis cuatro mercados que los atendí personalmente yo. 

Y al mismo tiempo de sus viajes se iba conociendo internacionalmente el algodón peruano, toda una novedad para el competitivo mercado de la moda. Nosotros entonces no estábamos en desventaja en el factor tela, a nosotros nos faltaba maquinaria, acabado, tecnología. Sin embargo, su trabajo como innovador era patente, así como su ojo para el nicho de mercado. En la Venezuela de los 80s, la Venezuela que llenaba convoyes de vuelos charter todos los días a Miami y era en especial Caracas la capital del consumo de bienes de lujo y la buena presencia, José encontró un mercado y la manera de meterse. La mujer caraqueña se viste y maquilla para ir a la oficina. Es un país de reinas de belleza. Unos amigos míos comenzaron una venta por catálogo de joyería de fantasía. Y les fue super bien. Entonces yo y mi gente nos propusimos hacer un catálogo chico de ropa. Teníamos una diseñadora italiana. Luego conseguimos a alguien de nombre, una de las artistas más cotizadas de Venezuela con proyección internacional, y la etiqueta era su firma, su nombre. Y así comenzamos en Venezuela. Mientras tanto en Lima… teníamos una máquina de fax en la sala de mi casa, porque a la fábrica no llegaba. Y el fax sonaba toda la noche, porque los italianos comenzaban a trabajar a la 1 de la mañana, hora nuestra. 

Una vez en Hawai

Una vez en Hawai encontré en una tienda un polo hecho por mi. De mi fábrica. Eso habrá sido en el 85. Yo me iba a comprar un montón de cosas y en eso reconozco el diseño, tengo memoria fotográfica, reviso y veo que tiene etiqueta de Perú, junto a un montón de polos de Lacoste, que valen 86 dólares cada polo. Que, qué sentí. Me lo compré. Llego a Lima y voy a la fábrica. Traje a todos los trabajadores a mi sala de directorio, y les pongo el polo encima del centro de mi mesa. Ese polo que ustedes han hecho me lo acabo de comprar en Hawai. No sabes el orgullo de esta gente, fue el mejor regalo que yo les pude haber hecho. Vino la jefa de costura, la jefa de taller. Lo vieron, lo tocaron, porque al principio no me creían. Miraban la etiqueta una y otra vez. Era un polo hecho en nuestra fábrica de confecciones que estaba a tres cuadras, con tela hecha aquí y yo lo he comprado en Hawai para traérselos, para que ellos vean que el trabajo que hacen acá hasta donde puede llegar. Yo me he sentido orgulloso y les compartí ese orgullo a ellos. No fue la única vez, en el aeropuerto de Brasil me he comprado un polo. Hay potencial, Perú es un país textil. Sigo pensando que este es un país maravilloso y lo que hay que hacer es sacarlo adelante y punto.

Del BusBomba a Calvin Klein

1990 fue un año difícil. Una invasión tomó los terrenos de la familia Isola donde estaban los establos de los caballos pura sangre. José tuvo que encargarse de que cientos de caballos fueran evacuados en horas. Una operación de evacuación como la de Dunkerque. Y no es de exagerar, pues entre los invasores había informes de infiltrados de Sendero. Ese mismo año, la noche del traspaso de poder a Fujimori, un bus bomba de Sendero Luminoso estallaba en las puertas de la fábrica de José en la Avenida Argentina. Felizmente nadie falleció en ese atentado. En esa época José como todo empresario de la época era un blanco del MRTA y SL para ser secuestrado, pero ni entonces ni ahora llevaba guardaespaldas. 

Pero ni modo, seguir trabajando. Además de amenazas y sortear la corrupción campante, Isola se ha tenido que apañar prácticamente en cada operación. Trabajo de chino. Así era hacer un catálogo. Párate, no te muevas. El pelo, las cejas. Yo lo he hecho, tres o cuatro veces y casi pierdo la paciencia. Yo recuerdo haber hecho un comercial con Regina Alcover para mí línea de telas en Iquitos. La cantidad de veces que había que repetir una toma. Y eso que estábamos trabajando con profesionales. Soy perfeccionista, no me gustan las cosas a medio hacer. O me tiró a la piscina o no lo hago. Y así he trabajado con los gringos. Los gringos me desplazaban a varias zonas. 

Resultado de sus viajes por el mundo trabajó para la poderosa trasnacional de Calvin Klein. Yo controlaba la ropa interior de Calvin Klein en América Latina. Yo viajaba tres semanas de cada mes. Colombia, Chile, Argentina y Paraguay. Controlando la producción de ropa interior. Rompía, jalaba, descosía. Me fijaba donde han hecho el elástico, les pedía la factura. Con los concesionarios no bastaba con que la ropa interior fuese tejido al punto y fuese negra, había que prestar atención a todos los detalles, y que mejor que un perfeccionista. En el negocio de la ropa de firma de autor como Calvin Klein se trata de cuidar el valor de la firma y todo lo que representa. Control y vigilancia a nivel operativo. Un diseño de arte traducido a la realidad. Cómo el plano de un arquitecto a los ingenieros. Y en medio estaba Isola. Y en ese caso yo no era ni el arquitecto ni el ingeniero, era el veedor. El que decía si las cosas estaban bien o estaban mal hechas

No se mata al mensajero. 

En este negocio como en muchos otros, el competidor directo es la piratería. Y yo por qué renuncié. Porque hay un sitio que se llama Ciudad del Este, que está entre la frontera de Argentina y Paraguay, que es un antro. Todo lo malo del mundo está ahí. Y una de las cosas que hay son falsificaciones. Tenía que ver qué cosas de la marca de nosotros estaban en el piso. Cuando tienes un presupuesto de 180 millones de dólares en publicidad tienes que adelantarte. Si tú pagas por una foto de una caja de calzoncillos a Helmut Newton y al modelo, al primero que salió con los calzoncillos de Calvin Klein y que ahora es una estrella de cine, el primer Billboard en Time Square en calzoncillos. Nunca nadie había estado en calzoncillos en un letrero de 40 metros de altura por 20 de ancho. A ese valor simbólico me refiero y toda la inversión que hay detrás. Pero yo llego a Ciudad del Este para ver qué hay en el piso. Y entonces en una de las idas a Ciudad del Este yo recogí del suelo una prenda que no había sido soltada en el mercado. ¡Era de la siguiente colección! Eso fue en 1998. Yo compré media docena de esas cosas en el piso, llamé a mi jefe y le dije, mira, hay algo que tengo que enseñarte, es muy serio. Necesito que lo revises mañana en la mañana en tu oficina y enseñarte lo que tengo. No le dije lo que tenía por teléfono y me presenté al día siguiente y le puse las cosas en el escritorio y le dije: esto sale el próximo año.  Se puso pálido. Tu evidentemente tienes una rata, una rata a nivel industrial. Tu fabricante en China ha comenzado evidentemente a vender por debajo, porque no había otra forma, la colección todavía no había salido a mercado. Lo primero que hizo fue convocar una reunión, veinte personas alrededor de la mesa y encima los seis calzoncillos y cada uno iba rotando y tocando los calzoncillos en el piso 80 de un edificio de Nueva York. Se gritaban por teléfono. Había una traductora de inglés a chino en la oficina. El chino le gritaba a la traductora y está al otro en inglés. El chino estaba en riesgo de perder una producción de 4 millones de calzoncillos mensuales por 6 calzoncillos que había encontrado en Ciudad del Este que a él se le habían escapado. No sabía cómo, pero al suelo habían llegado. Yo les dije ni quiero saber cómo estará Colombia ni Panamá con esto. Despacharon a la gente de Panamá, los llamaron y también estaban en Panamá. Pues por dónde iban a llegar, por el canal. No hubo otra solución que sacarla del catálogo. Se perdió todo el lote. Se quemaron 50 millones de calzoncillos. Aquello se puso muy pesado. Perdieron los papeles, luego se pusieron lisos conmigo. Verás el gringo es muy celoso de su status: este señor peruano me trae seis calzoncillos que pueden acabar con mi carrera en Calvin Klein después de 20 años de trabajo. Yo simplemente me fui. Una noche varios años después yo lo conversé con Calvin Klein, porque él me preguntó a mi en una cena, “oye tu has estado trabajando en el grupo”. Yo le dije que si, ahora estoy retirado del grupo. “Te botaron ¿por qué? Me han dicho no se qué”. Mira, le dije, las cosas son así, encontré en Ciudad del Este un modelo de calzoncillos que aún no había salido al mercado, porque era del catálogo siguiente. Cómo llego ahí, no lo sé, lo único que hice fue comprar los seis calzoncillos y pedir permiso para volver a Nueva York, ponérselo encima del escritorio a tu gerente y eso fue todo. Yo que más podía hacer. Y Calvin me responde: “esa no es la historia que había escuchado”. Pero así pasa. Así pasa.

Hilando dos mundos  

Después de Calvin Klein me vine a trabajar en la Feria del Hogar. Yo siempre me negué a traer a Servando y Florentino. Lo hice dejar en constancia cuando se propuso traerlos para el Gran Estelar. Esa noche yo estaba en mi casa. Suena el teléfono, a esa hora solo podía ser algo malo. Voy en mi coche. Es de madrugada, los carros de patrulla, las ambulancias, la prensa, pero sobre todo los padres de familia. Isola entra, baja del coche, detrás del escenario los cadáveres de 5 adolescentes tendidos. Uno más moriría en el hospital. Así murió la Feria del Hogar

Desde el 99 ya estaba metido en el tema de personas con discapacidad a través de Javier Diez Canseco, luego también la Confiep tenía participación en el tema de discapacidad. Roque Benavides me convocó. Ya de 2000 a 2003 me dediqué a full time, y después comencé a trabajar por mi cuenta. Me mandaron a Europa a hacer participaciones, a la OIT para temas de trabajo de personas con discapacidad, en Turín, Madrid y Londres. Después participé en temas de turismo para personas con discapacidad, y después en 2006, la cooperación española me contrató para dirigir un programa para inserción laboral de personas ciegas. 

En 2007 estando en Arequipa, llamé a un amigo empresario, involucrado en la industria de alpaca, y le cuenta que está trabajando en un programa de apoyo laboral a personas ciegas, me permitirías darme una vuelta por tu fabrica, como recordando los viejos tiempos. A ti te encantan los trapos, me contestó, ven nomás, hay bastante trapito que comprar en la tienda. En eso voy, y veo una sala con cuatro mesas, y en cada mesa había cinco señoras y en el centro de la mesa había un montículo delante. Yo supuse que era alpaca, y lo que estas señoras hacían era agarrar un poco de la lana y la iban clasificando, porque tenían distintas cositas. Yo me quedé pensando. Le pregunto al ingeniero qué están haciendo, y este me dice, las señoras están clasificando si es hilo de vicuña. Y yo le digo, y todo al tacto, no. Si, todo al tacto. Y sacó su cuenta. Quien tiene la yema de los dedos más sensible del ser humano. Regresé y le dije a mi amigo: Germán, vamos a capacitar a seis señoras ciegas a clasificar hilo de vicuña. Oye, me dijo, verdad no. Simplemente no lo habían visto. Han pasado años de eso y se sigue haciendo en Incalpaca. Parte de las señoras que se encargan de la clasificación son señoras invidentes, arequipeñas, que trabajan por campaña. En un año normal se procesan 600 kilos de lana de alpaca para producción, se tiene que clasificar y todo eso es a tacto para llevarse al hilado. Se trabajan 7 meses al año, un grupo de 30 personas, al punto que personas ciegas han capacitado a otras personas ciegas. Se han profesionalizado. No sabes el éxito que fue esto, el embajador de España hasta me llamó: por favor, una vez más, me cuentas cómo es el proyecto de la fibra de vicuña que está financiando la cooperación española.

Pero no solo eso. Allí trabajó Isola de 2006 hasta 2010. De 2007 a 2010 fue regidor de San Isidro y después hasta 2012 fue funcionario de la misma municipalidad. No se detiene. Contra las prescripciones de su médico, con 66 años de edad y diez años de jubilación anticipada por discapacidad, Isola continúa trabajando. Además, es director de la ONG Sociedad de discapacidad, fundada por Javier Diez Canseco. Anteriormente trabajó con Pedro Francke desarrollando juntos Foro Salud, en el que Isola trabajó en el tema específico de salud y discapacidad. Además, maneja a nombre de su familia la fundación El hogar de la madre, dirigiendo la parte administrativa de una cuna dónde tiene 42 niños entre 10 meses y 3 años provenientes de hogares vulnerables. 

Al preguntarle sobre si a pesar de todo sigue teniendo esperanzas, Isola responde: pero si Dios es peruano. Hemos salido de tantas, cómo no vamos a salir de esta. Yo me pregunto en qué país del mundo la cosa está bien. Se imaginan lo que significa para una aerolínea detenerse un día, son 300 vuelos anulados, y al segundo día, 400, y el tercer día, 600. Se imaginan esa pérdida traducida en dinero. Hay que continuar. Continuar, continuar. Con lo que se pueda y hay que meter mano en el bolsillo todos.

Su pasión por la ropa, la aventura de nuevos desafíos y su celular timbrando cada minuto no lo detiene en una vida que no conoce frenos. Al acabar de escribir este artículo en una cafetería miraflorina, después de transcribir casi cuatro horas de entrevista, salí a fumar un cigarrillo y para mí sorpresa me encontré cruzando la calle a una caravana de ciegos que caminaban agarrados del hombro del que iba adelante. La noche oscurece en medio de noticias de guerra, pero ese grupo de cuatro invidentes sigue caminando, pues como dice Isola: hay que continuar, continuar, continuar. A galope y vela.