Hace más de un mes la Ucrania soporta la invasión rusa en su territorio nacional. Una guerra se desató y con ello un sinfín de opiniones y términos salieron a relucir. Nuestro colaborador Juan Pablo Torres Muñiz hace un ensayo de esa ola opinativa y terminológica que llegó con el conflicto armado.

Escribe: Juan Pablo Torres Muñiz

La guerra es una realidad, una de la que se dice mucho, de la que se habla fácilmente. Repudiable hoy para casi todo el mundo, pinta de fenómeno injustificable, salvo cuando se supone legítima defensa; es decir, del lado de las víctimas, contra algún opresor, como reacción a la agresión inicial del otro, como continuación inevitable, nunca por iniciativa propia, en definitiva. Pero ¿Es, acaso, tan simple la realidad?

Al hablar de guerra ponemos en juego variedad de ideas, más difícil de explicar para la mayoría de la gente, no obstante, la frecuencia con la que apela a ellas. Pues bien, dada su importancia, hay que tratar el asunto, pero a sabiendas de a qué nos referimos.

En tal sentido, veremos qué es un conflicto y qué una crisis, bajo qué condiciones y en qué punto una de éstas se convierte en guerra; asimismo, qué son las agresiones, y para ello, en principio, aclararemos a qué nos referimos con violencia, dada la creencia de que equivale a agresión o a maltrato, cuando no es así.

Proponemos partir de una noción general de violencia, relacionada con la física. Como se verá, muy efectiva en la más amplia variedad de situaciones, lejos de toda satanización.

La palabra violento proviene del latín violentus, que refiere a lo que ocurre bruscamente o se hace con demasiada fuerza. Los diccionarios actuales, incluido el de la RAE, conservan el sentido del término. Así, la violencia es la acción que se da de forma intempestiva; el cambio repentino de estado, forma, intensidad, ritmo o modo de una cosa, un hecho o un suceso. Así, por tanto, el valor que se asigna a un acto de violencia es asunto aparte.

Veamos un par de ejemplos: Pegar un portazo es, sin duda, un acto violento: se da con rapidez, produce ruido, puede que dañe mobiliario y, ciertamente, modifica la situación previa a su ocurrencia, como mínimo, para el sujeto que lo da. Por otro lado, si en una fiesta, en pleno baile, una joven le da sorpresivamente un beso en los labios a su pareja, quien hasta el momento ignoraba por completo que pudiera ser sujeto de algún afecto profundo por parte ella, nos vemos también ante un acto violento, pero cuya valoración, desde diversos ángulos, difícilmente coincide con la del ejemplo anterior. Por tanto, si bien las agresiones entre distintos sujetos, lo mismo que el maltrato, en general, se dan de forma violenta, no necesariamente la violencia implica agresión ni maltrato. Ahora bien, conforme a lo dicho, pocos actos más violentos que la muerte de una persona, pero también que un nacimiento. Por otro lado, resulta obvio que el empleo de violencia es necesario en cantidad de situaciones. Por lo tanto, asumir a priori la acepción negativa del término no sólo implica una falta de precisión, si no que acarrea, con ésta, por confusión, la condena de prácticamente cualquier alusión a su aplicación. Burda satanización por equívoco.

Algo parecido ocurre con el término “conflicto”, que proviene del latín conflictus. Éste tiene un sentido figurado en relación a lucha, combate, pelea, y apunta a una situación en la que dos o más personas, debido a que sus posiciones, necesidades, intereses o deseos son incompatibles, o a que son percibidos como tales por ellas, dirigen sus fuerzas una contra otra, pudiendo hacerlas efectivas o no.

De forma que el conflicto es una situación que no implica instantáneamente un choque material, si no, antes, la oposición de dos o más personas: el encuentro de opuestos. Esto explica que los conflictos sean fértiles como situaciones de aprendizaje, pues si bien las partes enfrentadas pueden optar por el choque directo material, con frecuencia preferirán actuar por vías alternas a fin de evitar, en cuanto quepa, exponerse a daño, además de mermar sus propias fuerzas sin garantías de un considerable beneficio ulterior.

El hecho de que se dé un reconocimiento de las posiciones opuestas implica la aplicación de una racionalidad. A ello se debe que nos refiramos siempre a personas, como sujetos de dichas situaciones. Como bien sabemos, las personas son construcciones racionales por medio de las cuales operamos mujeres y hombres en una u otra sociedad materialmente, en los tres niveles de ésta: corpóreo, psicológico y racional. Hablamos de personalidades para referirnos a la persona en particular que emplea uno ante una sociedad en específico, la forma en que su imagen, su aspecto, su conducta, la manera en que se involucra emocionalmente con otros miembros del grupo, y cómo gestiona racionalmente su actuar en él. Se dice de una persona que es íntegra en cuanto es capaz de integrar coherentemente sus distintas personalidades en una sola; y esta persona será más respetable en la medida en que sea capaz de asumir mayor cantidad de responsabilidades ante distintas sociedades, cumpliéndolas todas efectivamente y con un alto grado de integridad.

Ahora bien, los conflictos pueden constituir oportunidades de adaptación. Al respecto, conviene aclarar que la adaptación es la capacidad de generar sistemas racionales para enfrentar situaciones que, de otro modo, acabarían con nosotros. Así que adaptarse no implica someterse, si no actuar inteligentemente para convivir en medios hostiles en principio, sin perder integridad. A veces, de hecho, llevando a otros a que se adapten más que uno. O a que se sometan, si no son capaces de lo anterior.

Ahora veremos qué es una crisis. El término en sí proviene del griego κρίσις (krisis), derivado del verbo κρίνειν (krinein), que significa dividir, separar, determinar, la misma raíz del término crítica. Cuando hablamos de crisis nos referimos a una situación de cambio profundo, profundo en la medida en que la realidad tal cual se configuraba hasta el momento da lugar a otra compuesta de modo diferente, con elementos distintos y/o una distribución de estos tal que hace del conjunto otra cosa. Una crisis, en suma, es una situación de transformación determinante, la cual sólo es posible reconocer como tal desde criterios (también con raíz en krinein); es decir, a partir de consideraciones racionales por medio de las cuales es posible entender la realidad y operar en ella. Reconocemos una crisis de salud o una crisis poblacional entre animales, pero dicho reconocimiento está sujeto, necesariamente, a criterios a partir de los cuales la cosa, el hecho o el suceso existente dejará de ser lo que era o de desarrollarse como lo hacía.

Dado que abordamos crisis personales, es decir, entre hombres, agrupaciones diversas, instituciones de menor o mayor alcance, nuevamente nos vemos ante un término frecuentemente investido de negatividad, sin más razón que la natural disposición de la mayoría a conservar las cosas en el estado habitual, con sus obvias ventajas (para empezar, nada más, evita grandes esfuerzos). La evolución, sin embargo, es el resultado de múltiples adaptaciones, cada una de las cuales requiere esfuerzo. Ahora bien, si existe la posibilidad de evolucionar a partir de determinados conflictos, las crisis cancelan cualquier otra posibilidad; dicho de otro modo, si en el primer caso, ante conflictos, tenemos oportunidades de adaptación, en el segundo, en crisis, nos vemos obligados a adaptarnos, so pena de exclusión, destierro o extinción.

Llegado este punto anticipamos una idea fundamental, obvia a la razón, estridente, terrible, inaceptable para el idealismo –que, por lo demás, niega asistemática y galopantemente la realidad–: que una paz se transforma a través de conflictos y de crisis, pero que sólo da lugar a otra nueva, distinta, por medio de la guerra. De hecho, los bandos en guerra pugnan por establecer, a su modo, una nueva paz.

Para ofrecer aquí una definición de guerra, hay que advertir que, dada la complejidad del asunto, la manera en que rebasa enfoques parciales como el sociológico, antropológico, histórico, entre otros, optamos por uno filosófico, atendiendo los términos y las ideas, la relación entre ellas a través de diversas categorías y la forma en que se manifiesta la realidad compleja. Para ello, como ya fue dicho, partimos del Materialismo Filosófico de Gustavo Bueno, pero no nos limitamos a él. En todo caso, nos enfrentamos a otras perspectivas desde las que se han ofrecido intentos de definición, porque resultan a todas luces insuficientes y entorpecen una apropiada atención del fenómeno, no obstante, su popularidad.

La posición dominante es la naturalista, que se nutre en buena medida del pensamiento de Hobbes, en cuanto dicho autor señalaba como causas de la guerra ciertas pasiones e instintos propios del hombre, inmanejables para él. Más adelante, esta visión adopta un corte socio biologicista, apoyándose principalmente en la etología, para, finalmente, desembocar en dos vertientes reduccionistas: Una darwinista, que justifica la guerra como medio de adaptación, a la que califican –insistimos– de natural; y otra, más idealista aún, que entiende la guerra como un retroceso, como algo inhumano, una forma, la peor, de animalización. Desde estas últimas coordenadas, la guerra vendría a constituir una forma de involución, de vuelta a un estado anterior a la supuesta elevación del hombre hasta cierta abstracción ideal, por demás incierta, a la cual se alude machaconamente como “ser humano”. ¿Pero cuándo ocurrió tal elevación? (Durante la ilustración, dirán algunos…)

Lo cierto es que eso de ser humano carece por completo de sustento; se trata de un término vacío, dispuesto a la imaginación de cada quien para el relleno dispuesto por cada ideología (de preferencia, a partir del protestantismo, con su libertad de conciencia que toda psicologización ampara). Es simple: como supuesto de humanidad, el llamado ser humano prescinde intencionalmente de todo sustento racional (determinación por raciones de una realidad concreta): apunta a un hombre que no es hombre, ni mujer, ni tiene edad, ni características físicas claras, ni depende para nada de ningún paisaje ni otro elemento contextual, ni pertenece a una comunidad en concreto, ni mucho menos vive entre instituciones, la peor, peor, el estado; no sabe de leyes ni de límites de ninguna clase; de forma que cualquier estructura lo oprime, ay… y largo etcétera…

Por supuesto, plantear así la guerra, como cosa inhumana, por lindo que suene a muchos, es absurdo. Las guerras se dan entre estados desarrollados que movilizan sus mejores medios y recursos, y es esta una realidad material inimaginable en caso hiciesen falta ciencia, tecnología y coordinación, entre otras muchas pruebas irrefutables de competencias personales complejas bien logradas.

En fin, el enfoque naturalista, en sus distintas formas, nunca se aparta de la confusión entre acción y agresión. Esto porque toma la guerra, ya fue dicho, como la manifestación de un animus agresivo (punto en el que queda clara la impronta hobbesiana).

Dado que el término agresión tiene su origen en el latín aggressio, que resulta de la combinación de ad y gradi, que significa dar un paso al frente, adelantarse, de lo que deriva su acepción general: ataque, iniciativa de daño a otro sin provocación, es fácil entender la carga negativa que se da al término. Suele darse por sentado que ninguna necesidad material explica que un sujeto agreda a otro; el supuesto previo es que las personas civilizadas no tienen por qué apelar, por ejemplo, a la fuerza física, para proveerse de recursos que consideran urgentes, puesto que a) o es que todo mundo debía de entenderse dialogando; o b) la parte necesitada simplemente se equivoca y no tiene en realidad ninguna urgencia, lo que también habría de comprender por medio del diálogo. Bueno, es obvio que no es tan simple, que las crisis son precisamente tales porque no ocurre así.

Como ya fue explicado previamente, los conflictos y las crisis son identificadas, como los problemas, por medio de la razón humana. Una vez es así, aplicados determinados criterios, recién es posible operar en la realidad para solucionarlos. Esto ocurre, en condiciones que a más adelante señalaremos, por medio de la guerra.

El término guerra proviene del germánico werra, que señala pelea, caos, del que derivará también war en inglés y guerre en francés. El diccionario de la RAE señala como sus dos primeras acepciones, respectivamente, que se trata a) de la desavenencia y rompimiento de la paz entre dos o más potencias, y b) de una lucha armada entre dos o más naciones o entre bandos de una misma nación, para luego exponer las acepciones que igualan guerra con pugna o desavenencia.

La guerra implica, como es claro, una gestión, una suma de operaciones mucho más compleja que cualquier acto aislado, que una simple agresión y, por supuesto, que toda reacción automática. Requiere planificación, organización, ejecución, control; entonces, necesariamente, personas e instituciones.

Por tanto, cuando hablamos de guerra nos referimos a un fenómeno que se da entre organizaciones de personas. Encuentra su forma actual con los estados e imperios; así, pone en juego, por parte de cada uno de éstos, sendos territorios y múltiples recursos materiales: poblaciones humanas, así como bienes tecnológicos y virtuales; además, conjuntos de sensibilidades, formas de percibir, de entender y de reaccionar a la realidad propias de cada población, con origen en distintas tradiciones y costumbres; y sistemas de organización complejos, órdenes normativos, jerarquías, etcétera, enfrentados.

Mientras la paz (del latín pax: periodo de estabilidad) es una situación de armonía ocasional en las relaciones entre distintas personas e instituciones, y a nivel de estados e imperios, se da al cabo de una guerra; ésta, la guerra es un fenómeno racional humano que se da sólo entre estados, imperios u otros grupos de personas organizados como tales, por el que éstos se enfrentan entre sí para anular uno las fuerzas del otro en el afán de resolver una crisis que pone en juego su supervivencia bajo la configuración que tienen al momento del conflicto.

Ilustremos un poco el asunto, primero con dos casos de mal empleo del término guerra y, luego, con uno acertado.

Entre dos pandillas no es posible hablar de guerra, strictu sensu, pues aunque cada una pueda ocupar cierto territorio, los recursos de éstos dependen, en determinado grado, de una administración superior, estatal; asimismo, aunque cada pandilla tenga tal o cual número de miembros, éste no corresponderá al total de la población de sus barrios: habrá mucha gente, no prisionera, ajena a los códigos pandilleros; finalmente, lo más importante: que su organización, por compleja que sea, no rige sobre los elementos antes mencionados de forma determinante. Es más, si una pandilla se desarrollase superando las objeciones aquí expuestas dejará de inmediato de ser lo que era y pasará a conformar una institución de corte estatal.

Segundo ejemplo: llamar al enfrentamiento del Estado peruano con una facción terrorista como Sendero Luminoso, guerra interna, es estúpido.

El caso de Rusia y Ucrania es una guerra en todo sentido. Y como toda guerra, merece un análisis particular que atienda las circunstancias reales en que se origina y se desarrolla, un análisis de la realidad material en la que se funda y en la que se cuentan de veras las pérdidas que genera. Uno que deje de lado frases simples como que la historia la escriben los vencedores, cuando en realidad lo hacen los sobrevivientes, algo muy distinto.

Pero hasta aquí llegamos por ahora, cual era nuestro propósito… Las cosas claras.