Escribe: José Luis Ramos Salinas

Sociólogo y docente universitario UNSA

Uno de los muchos síntomas de nuestra fallida democracia es que a lo que los despistados e ingenuos llaman “prensa libre”, en realidad son un conjunto de corporaciones, algunas monopólicas, que, entre sus múltiples negocios, tienen también el de los medios de comunicación. Es decir, no se trata del ejercicio de las libertades de expresión y de información, sino del uso sistemático del aparato mediático para fines “políticos” vinculados a la sed insaciable de ganancias.

Eso hace, por ejemplo, que un completo desconocido, se convierta en invitado en todos los noticieros porque le pidió a Castillo que renuncie; o que las marchas pidiendo el cierre del Congreso sean reseñadas como si fueran solo en contra del gobierno.

La operación es tan burda que, junto con la popularidad del presidente, debe también estar cayendo la credibilidad de estos pseudo medios de comunicación.

Pero no se crea que esto solo pasa en el Perú. Lamentablemente, es más bien la regla en el mundo entero, y lo estamos observando nítidamente a raíz de la guerra entre Rusia y Ucrania.

El sesgo de las informaciones, con medias verdades o falsedades absolutas por parte de los medios rusos, era algo que nadie dudaba que ocurriría. El de Putin nunca ha sido un gobierno democrático.

Pero lo que a algunos ha sorprendido es la hipocresía y manipulación de la información que han hecho los medios de comunicación del autodenominado “mundo libre”.

El caso de los refugiados es tristemente ejemplar. Los reportajes sobre su tragedia y cómo los países y familias europeas los reciben con los brazos abiertos es pan de cada día. Pero en estos mismos días se impide con métodos inhumanos el ingreso de refugiados africanos por la frontera entre Marruecos y España. Por estos mismos días se deporta a los que los países “democráticos” llaman ilegales. Y también en estos días se recogen los cadáveres de quienes murieron ahogados queriendo llegar a Europa en barcazas improvisadas.

Los crímenes de guerra que se cometen por los rusos causan la indignación mundial, pero de los que comete Ucrania ni se habla. Y ni qué decir de los que se cometen en Yemén, en donde hay 7 millones de personas viviendo en una situación de espanto a quien nadie ofrece refugio. Y al mismo tiempo el gobierno Turco anuncia que abandona el caso legal sobre el asesinato del periodista Jamal Khashoggi en la embajada de Arabia Saudita que fue descuartizado por órdenes del príncipe heredero que no perdona ninguna crítica ni investigación a su corrupta familia. Por supuesto que esto no le acarreará ninguna sanción internacional a esa monarquía que aplica la pena de muerte, luego de juicios poco transparentes, contra sus enemigos.

Y en medio de todo esto y una campaña rusófoba que convierte en enemigo a cualquiera que haya nacido en ese país, sin importar si apoya o no a Putin; al punto de afectar a artistas, músicos, ajedrecistas, gimnastas, pilotos de fórmula 1; que se han visto fuera de las actividades en las que iban a participar como parte de las sanciones contra Rusia.

Y la FIFA que siempre está a la altura de estas campañas, expulsó a la selección rusa para que no participe de la “fiesta del mundial” en un país como Qatar, acusado de financiar grupos terroristas y que construyó los estadios sobre los cadáveres de los obreros que fueron traídos casi como mano de obra esclava de África.

Aunque los medios quieran decirnos, aquí en el Perú y en el mundo, quiénes son los buenos y quiénes son los malos; parece, desgraciadamente, que los buenos son una rara excepción y que nunca saldrán en las pantallas con las que se estupidiza al planeta.